No todas las cadenas de valor son iguales | Bioeconomía territorial

En un artículo anterior sobre bioeconomía y bambú como pasarela Norte–Sur, proponía una idea simple:

La bioeconomía no es un sector más, sino una forma distinta de organizar la relación entre territorio, producción y valor.

Ese planteamiento sigue siendo válido.
Pero hoy empieza a adquirir otra dimensión.

Lo que hasta hace poco era una hipótesis, empieza a aparecer como línea de acción concreta en políticas públicas y financiamiento internacional.

Cuando la bioeconomía deja de ser discurso

Recientemente, Guatemala y la Unión Europea anunciaron una colaboración para movilizar inversiones orientadas al desarrollo sostenible y territorial.

Lo relevante no es el anuncio, sino la lógica que empieza a instalarse: movilizar capital hacia proyectos que articulan desarrollo económico, sostenibilidad y territorio.

La bioeconomía deja de ser un marco conceptual.
Empieza a operar como estrategia de inversión.

Esta dinámica no es aislada. Iniciativas como la cooperación entre Guatemala y Taiwán para el desarrollo de proyectos de carbono basados en bambú apuntan en la misma dirección: el paso de proyectos piloto hacia la estructuración de nuevas cadenas de valor bioeconómicas.

Más allá de sus diferencias, estos esfuerzos comparten una intuición común: el desarrollo sostenible ya no se juega entre conservación y producción, sino en la capacidad de articular ambas dentro de sistemas económicos viables.

Lo relevante no es cada iniciativa, sino el patrón que empiezan a revelar.

El límite de las cadenas tradicionales

Durante décadas, el desarrollo económico se ha estructurado en torno a cadenas de valor lineales:

extraer → transformar → exportar

En ese esquema, el territorio es soporte. No sistema.

El resultado es conocido: valor capturado fuera del territorio, presión sobre los recursos naturales, baja resiliencia económica y fragmentación productiva.

Pero el problema no es únicamente ambiental o social. Es estructural.

El desarrollo depende menos de qué se produce que de cómo se organizan las cadenas de valor que lo hacen posible.

Como han señalado Dani Rodrik y Ricardo Hausmann, las economías no se transforman simplemente cambiando de sector, sino desarrollando actividades que permitan aprender, diversificarse y escalar. Y, como ha demostrado Gary Gereffi, participar en una cadena de valor no es suficiente: lo determinante es la capacidad de posicionarse dentro de ella, evolucionar en sus funciones y capturar mayor valor a lo largo del tiempo.

En ese sentido, el problema de muchas cadenas tradicionales no es su existencia, sino su incapacidad para generar aprendizaje productivo, encadenamientos locales y capacidad de evolución hacia actividades más complejas.

No todas las cadenas organizan el desarrollo de la misma manera

No todas las cadenas de valor son equivalentes desde el punto de vista del desarrollo.

Algunas generan ingreso.
Otras generan capacidades.

Siguiendo una tradición que se remonta a Albert Hirschman, las cadenas difieren en su capacidad de crear encadenamientos productivos —hacia atrás y hacia adelante— que dinamizan el resto de la economía. La literatura más reciente añade otro elemento clave: su capacidad de convertirse en economías de aprendizaje, es decir, sistemas donde empresas, territorio e instituciones acumulan conocimiento técnico, organizacional y tecnológico de forma progresiva.

Desde esta perspectiva, una cadena de valor es más estratégica cuando permite aprender más rápido, genera más encadenamientos y ofrece posibilidades de escalar hacia actividades más complejas.

La bioeconomía como nueva arquitectura de cadenas

La bioeconomía introduce precisamente esa lógica. No como un nuevo sector, sino como una nueva arquitectura de organización productiva.

No se trata solo de producir de forma “más verde”.

Se trata de diseñar cadenas capaces de regenerar el recurso base, estructurar territorio, integrar producción e industria y capturar valor en el largo plazo.

Pero, sobre todo, de construir sistemas productivos que aprenden y evolucionan.

En esta línea, trabajos recientes como los de Stefano Pascucci muestran que la bioeconomía no se limita a nuevos productos, sino que implica reconfigurar la gobernanza de las cadenas de valor, articulando actores, territorios y mercados dentro de sistemas más integrados.

Su ventaja no radica únicamente en su sostenibilidad, sino en su capacidad de generar múltiples encadenamientos simultáneos —materiales, energéticos, industriales— y de articular naturaleza y economía dentro de una misma lógica de sistema.

En este punto, resulta útil recordar lo planteado por Carlota Perez: los procesos de transformación económica no ocurren por acumulación marginal, sino por cambios en la arquitectura de los sistemas productivos.

La bioeconomía puede entenderse precisamente como eso: una reconfiguración de esa arquitectura.

Algunas cadenas son más estratégicas que otras

En este marco, aparece una distinción operativa:

• cadenas extractivas
• cadenas productivas
• cadenas regenerativas estructurantes

Las primeras extraen.
Las segundas optimizan.
Las terceras organizan.

Las primeras consumen territorio.
Las segundas lo utilizan.
Las terceras lo estructuran.

Es en esta última categoría donde ciertas biofibras —como el bambú— adquieren relevancia. No por su carácter “sostenible”, sino por su capacidad de articular carbono, biomasa, materiales e industria dentro de una misma arquitectura económica.

El verdadero desafío: pasar de eslabones a sistema

Este potencial no se activa por sí solo.

Hoy vemos en muchos contextos proyectos de carbono desconectados del territorio, plantaciones sin salida industrial e iniciativas productivas sin integración de mercado.

Eslabones existen.
Pero cadena, no necesariamente.

Y sin cadena, no hay sistema.
Sin sistema, no hay aprendizaje.
Sin aprendizaje, no hay transformación.

El rol de los actores que estructuran la cadena

Aquí el rol de ciertos actores se vuelve determinante.

No se trata de operar en un eslabón, sino de organizar la conexión entre ellos: vincular regeneración territorial con financiamiento, conectar carbono con usos productivos, asegurar salida industrial y estructurar activos de largo plazo.

Es decir, diseñar cadenas que no solo produzcan, sino que permitan acumular capacidades y capturar valor en el tiempo.

En Centroamérica empiezan a emerger iniciativas que buscan precisamente esa integración, articulando territorio, carbono e industria dentro de una misma arquitectura operativa.

Centroamérica: de potencial a arquitectura

Para la región, esto representa algo más que una oportunidad sectorial.

Es una posibilidad de cambio de modelo.

Históricamente, Centroamérica ha operado como proveedor de recursos. La bioeconomía abre la puerta a estructurar sistemas donde el valor se produce, se transforma y se captura en el territorio.

Pero esto no ocurre automáticamente.

Requiere diseño.
Requiere coordinación.
Y requiere actores capaces de operar entre escalas.

Una continuidad necesaria

Si el primer artículo planteaba la bioeconomía como una pasarela entre territorios, este segundo plantea una pregunta complementaria:

👉 ¿qué tipo de cadenas de valor hacen posible esa pasarela?

Porque sin arquitectura productiva, la conexión entre territorios queda en el plano conceptual.

Y es en la construcción de esas cadenas donde se juega el cambio.

La bioeconomía no resuelve el problema del desarrollo.

Lo desplaza.

Ya no se trata de recursos.
Ni siquiera de sectores.

Se trata de arquitectura.

De la capacidad de un territorio para organizar cadenas que generen aprendizaje, articulen actores y evolucionen en el tiempo.

No todas pueden hacerlo.

Y esa diferencia —más que cualquier recurso— es la que define las trayectorias de desarrollo.