Guatemala, 50 años después del terremoto: cuando el riesgo no es natural, sino territorial

El riesgo sísmico en Guatemala no es un fenómeno nuevo. El 4 de febrero de 1976, Guatemala despertó brutalmente a su condición sísmica. Más de 23 000 personas murieron, 1.2 millones quedaron sin hogar y el país entero entendió —al menos por un instante— que la forma en que construimos y ocupamos el territorio puede matar.

Del sismo al riesgo construido

Guatemala no vive en incertidumbre sísmica. Vive en una región donde las placas del Caribe, Norteamérica y Cocos interactúan de manera permanente. La historia lo confirma: 1917–1918, 1976, San Marcos 2012. La recurrencia no es una hipótesis; es un dato.

Cincuenta años después, el problema no es que hayamos olvidado el terremoto. El problema es que lo recordamos, pero no lo hemos traducido en reglas, instituciones y decisiones territoriales sostenidas en el tiempo.

Hoy, Guatemala no solo vive sobre fallas geológicas.
Vive, sobre todo, sobre fallas institucionales.

El terremoto de 1976 fue, ante todo, una tragedia de la vivienda precaria: adobe, bahareque, mampostería sin refuerzo, ausencia de normas y una supervisión técnica casi inexistente. Aquella ciudad era baja, menos densa y todavía relativamente compacta.

La Guatemala de hoy es otra.
No porque sea más segura, sino porque es mucho más vulnerable.

La capital y su área metropolitana se han densificado verticalmente y expandido horizontalmente hacia laderas, barrancos y suelos inestables. La vulnerabilidad ya no es solo estructural; es territorial, social e institucional.

Urbanización, suelo y vulnerabilidad

Los estudios recientes del programa PREPARE —impulsado por USAID/BHA y desarrollado con Miyamoto International— son contundentes. Ante un sismo severo, con un periodo de retorno de 475 años, el 67 % de las edificaciones analizadas en Ciudad de Guatemala y Mixco sufrirían daños moderados o severos. Más de 30 000 edificios afectados, alrededor de 115 000 personas desplazadas y 3.7 millones de metros cúbicos de escombros: una cantidad capaz de paralizar la ciudad durante meses.

Esto ya no es una hipótesis académica.
Es una radiografía del riesgo acumulado.

Uno de los aportes más importantes de PREPARE ha sido colocar el foco donde normalmente no se quiere mirar: en la relación entre urbanización, uso del suelo y riesgo sísmico.

El problema no es únicamente cómo se construye.
Es, sobre todo, dónde se construye.

Gran parte del área urbana se asienta sobre suelos que amplifican la onda sísmica, incrementando de manera significativa la aceleración que reciben los edificios. A esto se suma la ocupación masiva de laderas inestables, saturadas por pozos ciegos, sobrecargadas por edificaciones de concreto y desarrolladas sin estudios geotécnicos adecuados.

En términos simples: estamos construyendo peso sobre fragilidad.

El territorio como primera línea de defensa

Aquí es donde el ordenamiento territorial deja de ser un asunto burocrático y se convierte en una política de seguridad pública. Porque regular el territorio no es planificar “en abstracto”; es decidir, de forma anticipada, dónde se expone la vida y dónde se la protege.

El ordenamiento territorial no es un plano bonito ni un requisito administrativo. Es la primera línea de defensa frente al riesgo, porque actúa directamente sobre su factor más determinante: la exposición.

Cuando un plan funciona, identifica zonas de amenaza y las excluye del crecimiento urbano, pero también señala con claridad dónde sí debe concentrarse la ciudad y su infraestructura crítica. Actúa de manera prospectiva, evitando que el riesgo que hoy no existe se construya mañana. Y, sobre todo, vuelve obligatoria la prevención, transformando recomendaciones técnicas en reglas claras y aplicables.

En Guatemala, la ausencia de una Ley de Ordenamiento Territorial y la debilidad en la formulación e implementación de planes explican, en buena medida, la proliferación de asentamientos en barrancos y zonas inestables. No es ignorancia técnica; es falta de reglas sostenidas en el tiempo.

El problema no es que no sepamos qué hacer.
Es que no lo hacemos de forma sistemática.

El fortalecimiento del Código Nacional de Construcción —en el que el país avanza con acompañamiento del BID— es una condición necesaria, pero no suficiente. Un buen código aplicado en un mal lugar sigue siendo una mala decisión.

La normativa constructiva regula el objeto edificado; el ordenamiento territorial regula el sistema urbano. Ambos deben avanzar juntos. No tiene sentido exigir estándares estructurales si el crecimiento urbano continúa empujando vivienda hacia laderas, cuencas y suelos inestables.

La seguridad sísmica no se logra únicamente con acero y concreto, sino con suelo bien localizado, densidades adecuadas, acceso a infraestructura y reglas claras que puedan ser fiscalizadas.

Un error frecuente del debate público es creer que este problema se limita a la capital. Guatemala se está urbanizando de manera informal a escala nacional.

Las remesas han impulsado un boom de autoconstrucción en ciudades intermedias y cabeceras departamentales, sin políticas de suelo, sin oferta de vivienda accesible y sin capacidad municipal para regular. El resultado es una tugurización silenciosa del país, donde la informalidad deja de ser la excepción y se convierte en el modelo dominante.

No es falta de cultura.
No es irresponsabilidad individual.
Es ausencia de política urbana.

Guatemala no cuenta con una rectoría clara en materia de desarrollo urbano y ordenamiento territorial. Las competencias están fragmentadas, los municipios enfrentan presiones enormes y el Estado actúa, en general, de forma reactiva.

Por eso la formulación de una Política Nacional de Desarrollo Urbano es tan estratégica: no como un documento más, sino como el marco capaz de articular ordenamiento territorial, vivienda, normativa de construcción, inversión pública y gestión del riesgo.

Desde la práctica de la planificación territorial, he visto una y otra vez que cuando el riesgo se incorpora como insumo previo —y no como anexo posterior—, las reglas dejan de percibirse como arbitrarias y comienzan a entenderse como medidas de seguridad colectiva.

El próximo gran terremoto no será solo un evento geológico.
Será el resultado de décadas de decisiones territoriales acumuladas —o de la falta de ellas—.

Por eso insisto en una idea central: el sismo es un fenómeno natural; el desastre es una construcción social inscrita en el territorio.

La ciencia ya nos dio el diagnóstico.
Las herramientas existen.
Lo que está en juego no es el conocimiento técnico, sino la voluntad institucional y política de dejar de fabricar vulnerabilidad todos los días.

Porque el sismo es inevitable.
El desastre, no.