La ciudad tiene muy poco de fiambre

Mixidad social, vivienda y lugares de encuentro en Guatemala

Esta noche preparé fiambre blanco. Las carnes cocidas y las verduras quedaron juntas, marinando en el caldillo. Cada una conserva su textura, pero el sabor del conjunto se va formando durante ese tiempo compartido. Hay algo sugerente en que celebremos esta mezcla en la mesa mientras vivimos en una ciudad que hace tantos esfuerzos por separar.

La Ciudad de Guatemala tiene muy poco de fiambre. Conviven en ella personas de distintos ingresos, orígenes y formas de vida, aunque sus posibilidades de compartir la ciudad sean profundamente desiguales. La diversidad existe. Lo escaso son las condiciones para que esa diversidad se encuentre sin que el precio, la distancia o una garita decidan de antemano quién puede entrar.

De ahí la idea del caldillo social. En la cocina, reunir ingredientes exige algo que los ponga en relación. En una ciudad, ese trabajo corresponde a espacios, servicios y reglas que permiten convivir.

El paralelismo tiene un límite. Las personas no son ingredientes y la convivencia no puede organizarse desde arriba como una receta. En la ciudad intervienen decisiones, conflictos y relaciones de poder. Precisamente por eso, compartir un espacio requiere reglas y capacidad de participar en ellas.

Una ciudad de trayectos separados

En Guatemala podemos estar cerca y vivir muy lejos unos de otros. Un edificio de apartamentos puede compartir calle con viviendas precarias sin compartir servicios, escuelas o lugares de encuentro. La proximidad física admite fronteras bastante eficaces. También nos cruzamos bajo relaciones muy asimétricas: quien habita un lugar y quien llega a limpiarlo coinciden en el espacio, pero ese encuentro laboral no les ofrece necesariamente lugares para relacionarse como vecinos o ciudadanos.

La separación se produce mediante decisiones concretas. El precio de la vivienda selecciona a los residentes; el transporte amplía o restringe sus destinos; la oferta de equipamientos determina dónde pueden estudiar, descansar o reunirse. Cuando esas decisiones se toman por separado, terminamos urbanizando sin construir ciudad: sumamos proyectos y dejamos sin resolver las relaciones entre ellos.

Un estudio de Jorge Rodríguez Vignoli y Alexandra Martínez publicado por la CEPAL en 2021 permite precisar esa geografía. Con datos del censo de 2018, identifica la concentración de los desplazamientos laborales hacia el municipio de Guatemala y el papel residencial de municipios vecinos. El centro atrae trabajadores que viven fuera de él. Esa relación ayuda a entender por qué tantas personas necesitan atravesar la metrópoli para sostener su vida cotidiana.

Los autores también examinan la segregación residencial según grupos educativos, aunque advierten que la escala municipal es demasiado agregada para captar las separaciones internas. Esos indicadores tampoco miden convivencia. Desplazarnos hacia un mismo centro puede hacernos coincidir sin ofrecernos lugares ni condiciones para relacionarnos como iguales.

La mixidad social no es lo mismo que mezclar usos. Se refiere a permitir que hogares de distintas condiciones socioeconómicas habiten un mismo entorno y accedan, en condiciones comparables, a sus oportunidades. Si las viviendas están próximas pero las entradas, las escuelas y las áreas de recreación permanecen separadas, la mezcla apenas aparece en el plano.

El caldillo social

Encontrarse puede incomodar. Hay diferencias de horarios, de ruido y de expectativas sobre el uso de una cancha o una plaza. La convivencia necesita reglas comprensibles y alguien capaz de hacerlas cumplir con equidad. Suponer que la diversidad produce cohesión automáticamente deja a los vecinos solos frente a conflictos perfectamente previsibles.

La OCDE llama infraestructura social a los espacios y organizaciones que facilitan esas relaciones. Una biblioteca, un parque o un centro comunitario ofrecen oportunidades para encontrarse con personas que quedarían fuera de nuestros círculos habituales. Importa también cómo funcionan: un lugar gratuito con horarios inaccesibles puede estar formalmente abierto y resultar inútil para quien trabaja lejos.

El caldillo social tiene esa parte menos visible. Incluye a quien recibe a los participantes, organiza actividades, cuida el espacio y evita que un grupo se apropie de él. Requiere continuidad. Un concierto puede reunir a mucha gente durante una noche; un taller sostenido permite volver, aprender nombres y hacer algo con otros.

De la proximidad a la convivencia

La mezcla social no aparece por simple proximidad. Necesita condiciones urbanas que permitan vivir cerca, llegar y encontrarse.

Vivir cerca. Los desarrollos residenciales de cierta escala y localización deberían contribuir obligatoriamente a producir vivienda asequible. En proyectos nuevos, esa obligación puede traducirse en cuotas dentro del propio desarrollo, con acceso equivalente a los espacios comunes y mecanismos que eviten trasladarla a otra periferia.

Barcelona introdujo en 2018 una reserva del 30 % de la superficie residencial para vivienda protegida en nueva edificación y grandes rehabilitaciones de más de 600 metros cuadrados. El antecedente muestra que la mezcla puede incorporarse a las reglas urbanísticas, aunque adaptarla a Guatemala exigiría evaluar costos, financiamiento y capacidad de supervisión. Como he planteado al discutir para quién se verticaliza la ciudad, los beneficios de construir más deberían traer obligaciones públicas, entre ellas ampliar el acceso a vivienda bien localizada.

La asequibilidad tendría que durar. Una cuota pierde sentido si la vivienda se revende enseguida a precio de mercado, si sus gastos comunes resultan impagables o si sus habitantes reciben servicios inferiores. Incorporar vivienda asequible en zonas con oportunidades tampoco sustituye la mejora de los barrios existentes ni justifica desplazar a quienes ya viven allí.

Llegar. El transporte público masivo conecta periferias, empleos y equipamientos, y permite compartir destinos que hoy cuestan demasiado tiempo o dinero. Para ello hacen falta frecuencias confiables, tarifas integradas y recorridos peatonales seguros hasta las estaciones. La relación entre vivienda, empleo y movilidad metropolitana obliga a coordinar municipios: el viaje continúa donde termina cada jurisdicción.

Permanecer. También necesitamos plazas a las que se pueda llegar y permanecer sin consumir. La sombra, las bancas, el agua y los servicios sanitarios determinan quién puede quedarse y durante cuánto tiempo. El presupuesto de una plaza debería incluir desde el inicio limpieza, reparación y personal; inaugurar sin prever su cuidado es trasladar el problema al siguiente año.

Volver. La cultura y el deporte ofrecen un motivo para regresar y una tarea compartida. El Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín muestra el valor de combinar cultura, transporte, espacio público y programación, antes que atribuir a un edificio la transformación de un barrio. En el deporte ocurre algo parecido: la Comisión Europea reconoce su potencial inclusivo, pero también las barreras que pueden impedir la participación. Cuotas, equipo, horarios o formas de selección excluyen incluso dentro de una instalación pública.

Estas tareas requieren acuerdos y dinero sostenido. A las municipalidades les corresponde cuidar los lugares y asegurar reglas de uso; a las organizaciones culturales y deportivas, darles vida sin reemplazar la responsabilidad pública. Conviene preguntar quién llega, quién regresa y quién sigue faltando. Es una manera más útil de evaluar esos espacios que contar únicamente metros cuadrados construidos.

En el fiambre blanco, cada ingrediente conserva su textura. Lo que cambia, después del reposo, es el sabor que comparten.

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